Villa Leone — Mañana clara de domingo
El aire olía a pan recién horneado, flores blancas y promesas nuevas.
El sol se filtraba por los ventanales y las campanas de la iglesia de Verona sonaban a lo lejos.
Luciana observaba a sus dos pequeños desde la cuna.
Aurora dormía con el puño cerrado y Lorenzo respiraba con ese ritmo tranquilo que solo tienen los bebés que nacen amados.
A su lado, Dante ajustaba la corbata frente al espejo, mientras Dante Jr. intentaba imitarlo con una bufanda.
—Papá, ¿también me bautizan hoy? —preguntó el niño.
Dante sonrió.
—No, campeón, tú ya eres el guardián de los dos.
Tu trabajo hoy es cuidarlos para que no se escapen del agua bendita.
El pequeño asintió muy serio, como si le hubieran dado una misión sagrada.
Luciana rió, cubriéndose la boca.
—Tienen el mismo gesto —murmuró, mirando a los dos Dantes.
—Y el mismo caos —respondió él, besándola en la frente.
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Capilla de la Villa — Mediodía
El pequeño templo privado brillaba con velas encendidas y flores bl