Villa Leone — Tarde gris
El cielo se vistió de nubes,
como si también guardara luto.
El mar, que siempre había cantado en voz alta,
ahora murmuraba bajito,
como si acompañara el llanto que llenaba la villa.
En el jardín principal, donde tantas veces hubo risas,
había flores blancas.
Tantas que el aire olía a despedida.
Dos ataúdes reposaban bajo una marquesina cubierta de lirios,
uno junto al otro, como siempre estuvieron en vida:
Victoria Leone y Lorenzo di Rossi.
Una melodía italiana sonaba suave,
el mismo vals que ellos bailaron la última noche.
Las notas parecían flotar sobre el mar, tristes, hermosas, eternas.
Greco estaba de pie, con el rostro empapado,
las manos apretadas en el bastón, la mirada perdida en los ataúdes.
Dante a su lado, con los ojos hinchados de tanto llorar.
Ninguno hablaba.
El silencio decía lo que las palabras no podían.
—Nunca pensé que doliera así —murmuró Dante, la voz quebrada—.
Siento que se llevaron una parte de mí, Greco.
—No una