Villa Leone — Amanecer
Dante no había dormido.
Revisaba el anillo por quinta vez, caminaba por la habitación como un león enjaulado, y murmuraba ensayos que siempre terminaban igual:
—Luciana… te amo.
Pausa.
—No, muy simple.
—Luciana, desde que te vi… —se interrumpió, gruñendo—. ¡Maldición!
Morózov apareció en la puerta con una taza de café y su sonrisa burlona.
—¿Ya le pediste matrimonio al espejo o sigo siendo el único testigo?
—Ríete, ruso. Pero tú también temblarías si estu