Villa Leone — Una semana después
El amanecer tenía un color nuevo.
Ni el mar rugía igual, ni la villa respiraba como antes.
Pero la vida, como había dicho Nonna, no se detiene: solo cambia de compás.
Greco observaba el horizonte desde el balcón del despacho principal.
El bastón apoyado a un costado, la copa de vino entre los dedos.
Los documentos del testamento estaban abiertos sobre la mesa.
Dante entró sin golpear, como siempre.
—¿Ya los revisaste todos?
—Sí —respondió Greco, con la voz baja—.
Hay cuentas, propiedades… pero también promesas que cumplir.
—¿Qué harás con la bodega de Nápoles? —preguntó Dante.
Greco lo miró, sonriendo apenas.
—No es mía. Es tuya. La carta fue clara.
—Ya lo sé —dijo Dante, encogiéndose de hombros—, pero no soy buen agricultor.
—Eres mejor de lo que crees.
—¿Y tú?
—Yo… —Greco se giró hacia la ventana—. Tengo que volver a ver a todos los socios de Nonna.
La familia Leone no puede desaparecer del mapa, pero tampoco ser lo que fue antes.
Quiero que se nos r