Villa Leone — Una semana después
El amanecer tenía un color nuevo.
Ni el mar rugía igual, ni la villa respiraba como antes.
Pero la vida, como había dicho Nonna, no se detiene: solo cambia de compás.
Greco observaba el horizonte desde el balcón del despacho principal.
El bastón apoyado a un costado, la copa de vino entre los dedos.
Los documentos del testamento estaban abiertos sobre la mesa.
Dante entró sin golpear, como siempre.
—¿Ya los revisaste todos?
—Sí —respondió Greco, con la voz baja—