La bodega retumbó con el estruendo de los disparos. La puerta metálica apenas resistía los embates de las balas mientras los hombres de Greco, armados hasta los dientes, respondían con precisión quirúrgica. El polvo se mezclaba con el olor de la pólvora y el sudor. Greco, con el ceño fruncido y los ojos inyectados en furia, caminaba entre los estantes metálicos derrumbados, sin pestañear.
—¿Quién tuvo los cojones de intentar robarme? —gruñó mientras sus botas crujían sobre el vidrio roto.
Dante