La brisa marina soplaba con un dejo cálido y pegajoso cuando el avión aterrizó en la costa sur de Italia. Era una ciudad portuaria antigua, con edificios ocres desmoronándose por el salitre, pero con un encanto bohemio que ocultaba muy bien el veneno que escurría entre sus calles. Paolo descendió del vehículo alquilado con una sonrisa torcida, con los lentes oscuros cubriéndole la mirada. Rubí iba junto a él, envuelta en un vestido entallado color verde esmeralda que contrastaba con el cielo nu