Villa Leone — Medianoche
El reloj del salón marcaba las doce.
El silencio en la villa era tan profundo que solo se escuchaba el canto distante de los grillos y el murmullo del viento que se colaba entre los rosales.
Las luces estaban apagadas, salvo una tenue lámpara en el pasillo del segundo piso.
Ahí, Ekaterina se movía en silencio, envuelta en una bata de seda, incapaz de conciliar el sueño.
El aire de la Toscana era tibio, perfumado de jazmines.
Salió al balcón y cerró los ojos.
El recuerd