La mansión Harrington en Kensington parecía un mausoleo esa noche, envuelta en un silencio que solo se rompía por el tic-tac distante de un reloj de pared y el ocasional crujido de la madera antigua asentándose bajo el peso de siglos de secretos familiares. Marcela y Gael cenaban en el comedor pequeño —el que los Harrington reservaban para las noches sin invitados, con su mesa de caoba pulida y candelabros de plata que proyectaban sombras danzantes en las paredes tapizadas de seda roja—. Era un