La clínica Harrington ocupaba un edificio georgiano restaurado en Harley Street, con fachadas de ladrillo rojo impecable y placas de bronce que anunciaban siglos de prestigio médico. Para Marcela, entrar allí era como cruzar la frontera de un país enemigo: todo olía a dinero antiguo, a desinfectante caro y a secretos de alcurnia.
Gael caminaba dos pasos por delante, la bata blanca perfectamente planchada, el estetoscopio colgando del cuello como una medalla de guerra. No la tomó del brazo, no l