La clínica Harrington ocupaba un edificio georgiano restaurado en Harley Street, con fachadas de ladrillo rojo impecable y placas de bronce que anunciaban siglos de prestigio médico. Para Marcela, entrar allí era como cruzar la frontera de un país enemigo: todo olía a dinero antiguo, a desinfectante caro y a secretos de alcurnia.
Gael caminaba dos pasos por delante, la bata blanca perfectamente planchada, el estetoscopio colgando del cuello como una medalla de guerra. No la tomó del brazo, no le ofreció la mano. Solo un seco «por aquí» cuando doblaron hacia el ala de obstetricia privada.
El doctor Alistair Forbes, obstetra jefe y viejo amigo de la familia, los recibió con una sonrisa profesional que no llegaba a los ojos.
—Doctora Harrington… perdón, señorita —se corrigió con un leve carraspeo al ver el anillo que aún brillaba frío en su dedo—. Pasen, por favor.
Marcela se tumbó en la camilla sin una palabra. El gel frío sobre su vientre la hizo estremecerse, pero apretó los dientes.