Habían pasado nueve días desde el ataque en Belgravia. Nueve días en los que la mansión Harrington había dejado de ser un campo de batalla para convertirse, contra todo pronóstico, en un hogar. Gael llegaba de la clínica antes de las siete, se quitaba la bata blanca en el vestíbulo y subía directamente a la habitación donde Marcela lo esperaba leyendo o simplemente descansando con la mano sobre el vientre.
La encontraba siempre con la misma expresión: cansada, hermosa, con ese brillo de desafío que nunca se apagaba del todo, pero que ahora se suavizaba cuando él entraba. Las primeras noches habían sido torpes: él se quedaba en el borde de la cama, sin saber si tocarla; ella se giraba de espaldas, protegiendo su espacio. Pero la adrenalina compartida, la sangre en sus manos, el miedo a perderse, había roto algo.
Una noche él se atrevió a rozar su hombro.
Ella no se apartó.
A la siguiente, ella buscó su mano en la oscuridad. Y así, poco a poco, volvieron a dormir juntos.
Ahora era r