La mansión dormía bajo un silencio que parecía de plomo. Marcela permaneció sentada en el borde de la cama de la habitación de invitados durante horas, con la espalda recta, los ojos secos y la respiración contenida. No lloraba. No podía permitírselo. Llorar era rendirse, y ella no se rendía nunca. El reloj de la mesilla marcaba las 03:17 cuando oyó los pasos de Gael en el pasillo: lentos, arrastrándose, como un hombre que lleva una carga demasiado pesada. La puerta principal de la habitación se abrió y se cerró con un chasquido suave. Después, silencio.
Sabía que él no dormiría. Lo conocía lo suficiente para saber que estaría sentado en la oscuridad, con la cabeza entre las manos, repitiéndose su nombre equivocado como un mantra de culpa. Pero ella ya no era su penitencia. Se levantó sin hacer ruido. El vientre de ocho meses y medio la obligaba a moverse con cuidado, pero sus movimientos seguían siendo los de siempre: precisos, calculados, letales.
Abrió el armario, sacó la mochil