La mansión dormía bajo un silencio que parecía de plomo. Marcela permaneció sentada en el borde de la cama de la habitación de invitados durante horas, con la espalda recta, los ojos secos y la respiración contenida. No lloraba. No podía permitírselo. Llorar era rendirse, y ella no se rendía nunca. El reloj de la mesilla marcaba las 03:17 cuando oyó los pasos de Gael en el pasillo: lentos, arrastrándose, como un hombre que lleva una carga demasiado pesada. La puerta principal de la habitación s