Marcela ya no dormía en la cama de Gael.
La habitación de invitados del ala este se había convertido en su fortaleza: puerta con llave, ventana entreabierta para escuchar la noche, un cuchillo táctico escondido bajo el colchón y el móvil siempre cargado junto a la cama. El embarazo avanzaba —casi ocho meses— y su cuerpo se sentía pesado, lento, vulnerable. Pero su mente estaba más afilada que nunca.
El odio era un combustible excelente.
Durante el día, la mansión Harrington funcionaba como un reloj suizo: desayunos a las ocho, té a las once, paseos supervisados por el jardinero, visitas del obstetra privado que Lady Eleanor insistía en traer a casa. Marcela sonreía cuando era necesario, respondía con cortesía a las preguntas de los criados, dejaba que le tomaran la tensión y le untaran cremas en el vientre. Pero por dentro contaba los segundos hasta poder salir. Necesitaba aire. Necesitaba recordar quién era antes de que este lugar la convirtiera en una muñeca de porcelana embaraza