Marcela ya no dormía en la cama de Gael.
La habitación de invitados del ala este se había convertido en su fortaleza: puerta con llave, ventana entreabierta para escuchar la noche, un cuchillo táctico escondido bajo el colchón y el móvil siempre cargado junto a la cama. El embarazo avanzaba —casi ocho meses— y su cuerpo se sentía pesado, lento, vulnerable. Pero su mente estaba más afilada que nunca.
El odio era un combustible excelente.
Durante el día, la mansión Harrington funcionaba como un