Capítulo 103 El Final del Camino.
Un mes después, la mansión Harrington ya no parecía la misma. El sol de finales de primavera entraba a raudales por los ventanales del ala oeste, bañando con una luz dorada que hacía brillar el suelo de roble recién barnizado.
La cuna de caoba francesa seguía allí —impecable, con dosel de lino blanco—, pero ahora compartía espacio con cosas que ninguna boutique de Milán habría vendido jamás, una manta de supervivencia térmica doblada en un cajón, un monitor de vigilancia militar con visión nocturna, un pequeño cuchillo táctico escondido en el fondo del armario “por si acaso”, y un móvil de madera hecho a mano que giraba sobre la cuna con pájaros tallados en colores vivos.
Marcela había ganado esa batalla. Y muchas otras.
Gael había colgado una fotografía en la pared de su estudio, justo encima del escritorio donde firmaba historiales clínicos y cartas de agradecimiento. No era una foto de boda, ni de compromiso, ni de ninguna de esas imágenes perfectas que su madre habría elegido.