Sofía
No sabía cuánto se podía tensar una cuerda hasta que sentí que la mía estaba a punto de romperse. Estaba de pie en el ático del edificio donde Alexander se escondía, con las ventanas abiertas y el viento frío de la noche acariciando mi piel como una advertencia. Afuera, la ciudad se deshacía en luces rojas y sombras, tan viva y peligrosa como siempre. Pero era dentro de mí donde el verdadero caos se desataba.
Desde que Alexander volvió, algo dentro de mí se había reactivado. Un temblor su