Alexander
La ciudad tenía el mismo rostro de siempre, pero el aire había cambiado. Podía sentirlo en la forma en que las luces parpadeaban, en cómo el concreto parecía más frío, más indiferente. No era la ciudad. Era yo. Era ella. Era el espacio invisible que Sofía y yo habíamos construido entre nosotros, tan espeso como humo, tan letal como una bala silenciosa.
Sabía que había vuelto.
Lo supe antes de que mi asistente murmurara su nombre con esa mezcla de sorpresa y alarma. Antes de que su per