El postre llegó: una tarta fina de frutos rojos servida con helado artesanal. Pero Celina ni siquiera lo tocó. El aroma dulce le resultaba nauseabundo. Tenía hambre, pero la tristeza la alimentaba con su amargura ácida.
Thor tampoco probó bocado. El plato quedó intacto frente a él. Angélica apenas picoteó, más pendiente de leer los rostros que de saborear el dulce. Sus ojos iban de Celina a Thor, y de Thor a Isabela, como quien intenta armar un rompecabezas oscuro que se revela pieza a pieza.
C