Celina apartó la mirada, sintiendo cómo el pecho se le encogía. Intentó contener las lágrimas, pero se desbordaron, silenciosas.
—Yo no quería que fuera así. No quería causar problemas, lo juro. Solo… solo… —la voz se le quebró—. Necesito irme.
Angélica la abrazó con un cariño silencioso, respetando el dolor que ella no lograba poner en palabras.
—Espera a que él vuelva, hija. Ustedes necesitan hablar.
—No puedo —susurró Celina, la voz temblorosa—. Ya no puedo más. No tengo fuerzas. Gracias por