Aquella mañana partieron rumbo a Ouro Preto, donde las casonas coloniales y las calles empedradas componían un escenario digno de una postal. Felipe, entusiasmado, le mostraba a Isabela la Iglesia de San Francisco de Asís, obra maestra de Aleijadinho, mientras ella se maravillaba con los detalles dorados del barroco mineiro.
—Es hermosa… —dijo, observando la majestuosidad de la construcción—. Parece que el tiempo se detuvo aquí.
Felipe sonrió, orgulloso.
—Eso es Minas, amor. Historia en cada ri