Leandro llegó al orfanato con una caja, seguido por Saúl.
Cada caja tenía pequeños ramos de rosas con decoración rosada.
Dejó las cajas a un lado y se sentó a ver cómo bailaban las pequeñas.
Una sonrisa cruzó sus labios.
Más allá, estaba Agatha mirándolo; al encontrarse con su mirada, ambos sonrieron cómplices.
—Mmm… ¿qué fue eso? ¿Ya nos damos sonrisitas con San Marco? —se burló Lucciano.
—No te metas, ¿qué sabes tú?
—Lo suficiente para notar que nunca le has sonreído a ningún hombre y ahora t