Leandro llegó al orfanato con una caja, seguido por Saúl.
Cada caja tenía pequeños ramos de rosas con decoración rosada.
Dejó las cajas a un lado y se sentó a ver cómo bailaban las pequeñas.
Una sonrisa cruzó sus labios.
Más allá, estaba Agatha mirándolo; al encontrarse con su mirada, ambos sonrieron cómplices.
—Mmm… ¿qué fue eso? ¿Ya nos damos sonrisitas con San Marco? —se burló Lucciano.
—No te metas, ¿qué sabes tú?
—Lo suficiente para notar que nunca le has sonreído a ningún hombre y ahora tus ojitos brillan. ¿Qué pasó ahí? ¿Ya reconociste que amas a San Marco?
—No lo amo, pero no quiero llevarme mal ni vivir peleando. Además, las niñas lo adoran.
—Claro… las niñas.
Al terminar el show, Leandro se puso de pie y aplaudió.
Saúl tomó las cajas y Leandro sacó un ramo de rosas pequeño para cada niña.
—¡El tío Leandro nos regaló flores! —gritaban emocionadas.
—Lo hicieron muy bien, mis niñas.
Las pequeñas se abrazaban mientras Lissandro se acercaba por detrás.
—Eso es jugar sucio, Leandr