Nadie toca a nuestras mujeres.
La mansión de Lissandro San Marco volvió a llenarse de vida esa tarde.
No era la vida ruidosa de las celebraciones ni la ostentación de otros tiempos, sino una presencia más profunda, casi solemne, como si las paredes mismas supieran que quienes cruzaban la entrada habían sobrevivido al infierno.
Los autos se detuvieron uno tras otro en el patio principal. Anna y Lissandro acababan de llegar cuando, desde el otro extremo, apareció el vehículo de Leandro. Él bajó primero y, sin pedir permiso ni hacer comentarios, rodeó el auto para tomar a Agatha en brazos. Ella ya no discutía. Tenía los brazos rodeándole el cuello, resignada, con esa mezcla de fastidio y ternura que solo se permite cuando el amor ya ganó la batalla.
Casi al mismo tiempo, Cristian apareció cargando a Luz como si el suelo fuera una amenaza mortal.
—Cristian, por favor —protestó ella, apoyando una mano en su pecho—. Puedo caminar. Ya me dieron el alta hace días.
Él ni siquiera la miró.
—No me importa, muñequita —respondi