Vengando a sus mujeres.
El calabozo estaba lleno de lamentos cuando Leandro y Cristian entraron. Al percatarse de ellos, hubo un silencio entre los prisioneros; no era una buena señal que hubieran llegado. El silencio se extendió hacia las celdas del fondo, como si trataran de ocultarse de lo que les esperaba.
No era un silencio vacío, sino uno cargado de anticipación, como si el aire supiera que algo definitivo estaba a punto de ocurrir. Las luces eran bajas, amarillas, proyectando sombras largas sobre las paredes de