Visitanod a Camilo

El hospital privado donde llegaba toda la gente de San Marco estaba en silencio. No era el silencio impersonal de los hospitales comunes, sino uno contenido, vigilado, casi respetuoso. Los pasillos amplios olían a desinfectante y a flores frescas, una contradicción extraña que solo existía en lugares donde el poder podía suavizar incluso el dolor.

Anna caminaba despacio, tomada del brazo de Lissandro. Aunque ya no estaba débil, su cuerpo todavía llevaba la memoria del encierro y del miedo, de las noches sin dormir. Lissandro lo sabía. Por eso ajustaba el paso al de ella, sin decirlo, sin hacerlo evidente, pero sin soltarla ni un segundo.

—No tienes que hacer esto si no quieres —murmuró él, rompiendo el silencio—. Puedo entrar solo.

Anna negó suavemente con la cabeza.

—Quiero verlo —respondió—. Necesito hacerlo. Él está así por intentar salvarme.

Lissandro apretó apenas su brazo, como si esa respuesta lo atravesara de una forma que no sabía explicar. Camilo no era de su mundo. No era u
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