El hospital privado donde llegaba toda la gente de San Marco estaba en silencio. No era el silencio impersonal de los hospitales comunes, sino uno contenido, vigilado, casi respetuoso. Los pasillos amplios olían a desinfectante y a flores frescas, una contradicción extraña que solo existía en lugares donde el poder podía suavizar incluso el dolor.
Anna caminaba despacio, tomada del brazo de Lissandro. Aunque ya no estaba débil, su cuerpo todavía llevaba la memoria del encierro y del miedo, de l