A la mañana siguiente, Anna estaba más tranquila. Sentada en el sofá junto a Lucy, sostenía a Sebastián en brazos mientras el bebé jugaba con sus dedos, ajeno a todo lo que habían vivido. Lucy la observaba en silencio, con esa calma cansada de quien también había regresado del infierno.
La puerta se abrió y entraron Lissandro y Joaquín.
—Pásame a mi bebecito precioso —dijo Joaquín con una sonrisa genuina, tomando a Sebastián y llenándolo de besos. El pequeño respondió con risitas, provocando un