A la mañana siguiente, Anna estaba más tranquila. Sentada en el sofá junto a Lucy, sostenía a Sebastián en brazos mientras el bebé jugaba con sus dedos, ajeno a todo lo que habían vivido. Lucy la observaba en silencio, con esa calma cansada de quien también había regresado del infierno.
La puerta se abrió y entraron Lissandro y Joaquín.
—Pásame a mi bebecito precioso —dijo Joaquín con una sonrisa genuina, tomando a Sebastián y llenándolo de besos. El pequeño respondió con risitas, provocando una risa suave en ambas mujeres.
Lissandro tomó la mano de Anna.
—¿Quieres ir a verlo? —preguntó en voz baja.
Los ojos de Anna brillaron.
—Sí.
Lucy asintió sin decir nada. Sabía que ese momento era necesario.
Caminaron juntos por el jardín a un lugar apartado de la casa, un lugar que nunca había visitado. Caminaron por un camino de piedras hasta llegar a una puerta custodiada por dos hombres. Antes de abrir, Lissandro rodeó la cintura de Anna y la giró hacia él.
—Pequeña… —murmuró—. Este lugar no