Los días comenzaron a pasar con una lentitud distinta en la mansión San Marco.
No era la pesadez del encierro ni la ansiedad del peligro inmediato, sino ese tiempo espeso que llega después de la guerra, cuando el cuerpo sigue en alerta aunque el alma empieza, tímidamente, a sanar. Anna recuperaba el color en el rostro, dormía sin sobresaltos la mayoría de las noches, y Lissandro volvía a respirar con ella a su lado, aunque no se separaba ni un segundo más de lo necesario.
Fue al quinto día cuando llegó la llamada.
Camilo había sido dado de alta al fin. Los médicos habían sido claros: estaba vivo por pura obstinación y por la rapidez con la que había sido atendido, pero su recuperación sería lenta. Aun así, ya no corría peligro.
Lissandro no lo dudó.
—Vamos a buscarlo, estaré ahí en 30 minutos —dijo, cerrando el teléfono.
Anna levantó la vista desde el sillón, donde estaba leyendo en silencio, envuelta en una manta ligera.
—¿Camilo? —preguntó.
Lissandro asintió y se acercó a el