La llamada llegó a las once y diecisiete de la noche.
Valeria estaba despierta.
No porque no pudiera dormir, sino porque había aprendido que en esa guerra el silencio siempre precedía a algo peor.
El número era desconocido.
Contestó sin dudar.
—Sabía que lo harías —dijo la voz al otro lado—. Siempre has sido valiente… o imprudente. Aún no decido.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Habla —respondió—. O cuelga.
El hombre sonrió. Podía oírse en su tono.
—Directa. Me gusta eso de ti. Siempre me gu