La casa estaba en silencio cuando Valeria se levantó esa mañana.
No era un silencio vacío, sino uno distinto, más atento. Como si cada objeto estuviera esperando algo. Caminó descalza por el pasillo, todavía envuelta en la sensación de la noche anterior, de las palabras dichas sin gritos, del contacto sin miedo.
Se detuvo frente al espejo del baño.
Por primera vez en mucho tiempo, no se miró para buscar defectos. Se miró para reconocerse.
Aún había inseguridad, claro. No desaparecía de un día para otro. Pero había algo nuevo: una voz interna que ya no la atacaba con tanta fuerza. Recordó la sesión con la psicóloga, la manera en que había puesto palabras a miedos que llevaba meses arrastrando. El miedo a no ser suficiente. A no volver a ser deseada. A perder a Adrián no por otra mujer, sino por su propio desgaste emocional.
Se apoyó en el lavamanos y respiró hondo.
—Estoy aquí —susurró para sí misma—. Y eso ya es algo.
En la oficina, Adrián estaba teniendo uno de esos días que parecían