La casa estaba en silencio cuando cruzaron la puerta.
No era un silencio incómodo, sino uno cargado, denso, como si las paredes supieran que algo importante iba a suceder. Valeria dejó el bolso sobre la mesa sin mirarlo. Adrián cerró la puerta detrás de ellos con un movimiento lento, casi cuidadoso, como si temiera romper algo invisible.
Ella avanzó unos pasos, pero se detuvo en medio de la sala.
—No sé cómo se supone que debo sentirme ahora —dijo sin voltearse.
Adrián la observó. La espalda recta, los hombros tensos, las manos apretadas. Se quitó el saco, lo dejó a un lado, y se acercó sin tocarla.
—No tienes que suponer nada —respondió—. Solo estar.
Valeria respiró hondo. Se giró. Sus ojos aún estaban enrojecidos, pero había algo distinto en ellos. Vulnerabilidad sin defensa. Eso lo desarmó más que cualquier lágrima.
—Hoy hablé cosas que nunca dije en voz alta —confesó—. Cosas que me avergüenzan.
Adrián dio un paso más. Estaban cerca. Demasiado.
—La vergüenza no vive donde hay amor