El edificio de Blackwood Corporation no había cambiado.
El mármol seguía brillando como si nunca hubiera sido pisado por dudas. Los ascensores seguían subiendo con ese silencio elegante que imponía respeto. Los empleados seguían caminando con prisa medida, con agendas apretadas y miradas atentas.
Pero Valeria sí había cambiado.
Cuando cruzó las puertas de cristal aquella mañana, no lo hizo con inseguridad, ni con miedo, ni con la sensación de estar de más. Caminó erguida, con pasos firmes, con un traje sobrio que no buscaba llamar la atención… y aun así la llamaba.
No era solo la ropa. Era la presencia.
Habían pasado casi cuatro años.
Cuatro años desde el nacimiento de su hijo. Cuatro años de noches sin dormir, de risas pequeñas, de manos diminutas aferradas a su dedo. Cuatro años de reconstruirse, de terapia, de conversaciones difíciles, de aprender a mirarse al espejo sin reproches.
Y ahora estaba ahí.
De vuelta.
No como “la esposa del CEO”. No como “la mujer protegida”. Sino como V