El sonido de la risa del bebé llenó la casa de una forma distinta a como lo había hecho meses atrás. Ya no era el llanto frágil de las primeras noches, ni la presencia constante del miedo. Ahora había balbuceos, manos inquietas, miradas curiosas que parecían querer comerse el mundo.
Valeria observaba a su hijo desde el sofá, con una mezcla de amor y asombro. Había sobrevivido. Ambos lo habían hecho.
La niñera jugaba en el suelo, y el pequeño reía con una carcajada que parecía nueva cada día. Va