El sonido de la risa del bebé llenó la casa de una forma distinta a como lo había hecho meses atrás. Ya no era el llanto frágil de las primeras noches, ni la presencia constante del miedo. Ahora había balbuceos, manos inquietas, miradas curiosas que parecían querer comerse el mundo.
Valeria observaba a su hijo desde el sofá, con una mezcla de amor y asombro. Había sobrevivido. Ambos lo habían hecho.
La niñera jugaba en el suelo, y el pequeño reía con una carcajada que parecía nueva cada día. Valeria sintió un nudo en la garganta, no de tristeza, sino de algo parecido a gratitud. Aun así, había otra sensación que llevaba semanas creciendo dentro de ella. Una inquietud silenciosa. Una necesidad.
No quería perderse más a sí misma.
Se levantó y caminó hasta el ventanal. La ciudad seguía ahí, vibrante, viva, esperando. Durante mucho tiempo había aceptado el refugio del hogar como una protección necesaria. Pero ahora… ahora se sentía lista para algo más.
Cuando Adrián llegó esa tarde, la en