La casa estaba en silencio por primera vez en mucho tiempo.
No un silencio vacío, sino uno lleno de vida: juguetes ordenados a medias, dibujos infantiles pegados con imanes en la nevera, una mochila pequeña descansando junto a la puerta. El reloj marcaba las siete de la tarde y el sol comenzaba a caer, tiñendo el jardín de tonos dorados.
Valeria observaba todo desde la cocina con una taza de té entre las manos.
Había días —como ese— en los que se detenía a respirar hondo, solo para darse cuenta