Kael no estuvo en la sala del consejo.
Y aun así, cada palabra de Amelia le llegó como si hubiera estado de pie frente a ella.
No por magia.
No por la luna.
Por el vínculo.
Estaba en su casa cuando lo sintió. No fue una frase concreta ni una imagen nítida, sino una presión distinta en el pecho, un pulso firme que no dolía, pero exigía atención. Como si alguien hubiera apoyado la mano sobre su esternón y dicho, sin voz:
Escúchame.
Kael dejó lo que estaba haciendo. El pergamino cayó al suelo sin