Kael se mantuvo al borde del claro.
No porque se lo pidieran.
No porque dudara de su autoridad.
Sino porque ese era el único lugar donde podía respirar sin romper algo.
Amelia estaba en el centro.
No llevaba insignias. No vestía los colores del rango. Solo ropa de entrenamiento, sencilla, ajustada al cuerpo. Sin embargo, había algo en la forma en que se movía —en cómo pisaba la tierra, en cómo sostenía la mirada— que hacía que todos los lobos a su alrededor se reacomodaran sin darse cuenta.
No