Dorian no planeó ir a verla.
Eso fue lo primero que entendió mientras cruzaba el sendero que llevaba a la casa de Amelia. No había ensayado palabras, no había definido un objetivo claro. No llevaba una estrategia, ni siquiera una excusa convincente. Solo una incomodidad persistente en el pecho y la sensación de que, si no hacía algo ahora, el espacio entre ellos iba a volverse permanente.
Leif caminaba inquieto dentro de él.
No vayas como Beta, le advirtió.
Ve como el hombre que la ama.
Dorian