Kael sintió a Dorian antes de verlo.
No fue el olor —aunque estaba allí, familiar, firme—, sino el cambio en el aire. Esa ligera tensión que precede a los choques inevitables. Nairo levantó la cabeza dentro de él, alerta, irritado, como si alguien hubiera tensado una cuerda demasiado cerca del pecho.
Está aquí, gruñó.
Kael no respondió. Continuó afilando la hoja con movimientos lentos, precisos. No necesitaba mirarlo para saber que Dorian se había detenido a unos pasos de distancia, lo suficien