Dorian no habló cuando Amelia salió del salón del consejo.
No la siguió.
No preguntó qué habían decidido.
No pidió explicaciones.
Simplemente… la miró.
La vio cruzar el pasillo con la espalda recta, el mentón en alto y los pasos firmes, como si cada uno estuviera medido para no vacilar. Había algo distinto en ella. No nuevo —eso lo habría notado de inmediato—, sino más profundo. Como si una capa interna se hubiera acomodado en su sitio.
Y eso fue lo que le inquietó.
No miedo.
No celos.
Inquietu