El polvo y el humo se arremolinaban en el patio de armas. La batalla había llegado al interior de las murallas. Los gritos de guerra y el choque de armas formaban una sinfonía caótica, pero en medio de todo ello, una figura se abría paso como una cuchilla helada.
Sara había logrado traspasar las líneas defensivas. Su movimiento era ágil, mortal, silencioso. Su rostro, ahora permanentemente marcado por esa cicatriz roja y rugosa que cruzaba su mejilla desde la sien hasta la mandíbula, parecía ar