La atmósfera en el patio de armas se volvió irrespirable. La risa grave y burlona que había resonado no pertenecía a nadie más que a él.
Entre las sombras del humo y la destrucción, Marcus emergió paso a paso. La simple presencia de su cuerpo parecía doblar la gravedad del lugar. Era una montaña de músculos y oscuridad, mucho más imponente y bestial que cualquier guerrero presente. Sus ojos verdes, profundos y vacíos, escaneaban el campo de batalla con desprecio absoluto.
—Hermosa pelea, mujere