El sol ya se alzaba sobre el horizonte de Amalur cuando Lairael regresó. El portal se cerró con un suave zumbido, y el aire mágico de su hogar lo envolvió. No había sido una ausencia prolongada, pero sus sentidos agudizados le decían que no había pasado desapercibido. La tensión en el Castillo Dorado era palpable, una manta pesada de preocupación que ahora también incluía su inexplicable atracción por el mundo humano.
Apenas tuvo tiempo de quitarse el polvo del viaje cuando la voz autoritaria d