El silencio que siguió al estallido de poder de Valeriah era más pesado que el estruendo de los cañones rúnicos. En el centro del patio de armas, bajo una luna que sangraba un rojo visceral sobre las piedras de obsidiana, Valeriah no parecía una guerrera; parecía una deidad antigua reclamando un sacrificio. Su cabello plateado flotaba en el aire estático, y sus ojos, pozos de una oscuridad infinita con destellos dorados, estaban fijos en los dos hombres que habían intentado moldear su existencia a su imagen y semejanza. El Alfa Bray yacía en el suelo, con su armadura de plata abollada y su lanza sagrada partida en dos, un símbolo patético de una pureza que ya no existía. Marcus, a pocos metros, había vuelto a su forma humana por el agotamiento, pero su cuerpo estaba cubierto de cortes profundos y su mirada azul, antes arrogante, ahora estaba empañada por un terror primario. Kai Wulf se acercó a Valeriah, su respiración agitada y su pecho desnudo subiendo y bajando con un ritmo sal
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