La guarida de Marcus no era un lugar en sí mismo, sino una fisura, un retorcido pliegue entre dimensiones. Se anidaba en el vacío, alimentado por la grieta que él mismo había desgarrado. No había luz solar ni estrellas; solo el brillo enfermizo de runas incandescentes, talladas en paredes de roca viva, pulsando con energía robada. El aire era denso, metálico, viciado por el hedor a azufre y a maná descompuesto. Era el trono de su retorcida ambición, un monumento a la arquitectura de su odio.
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