CAPÍTULO 6

Nick continúa de pie en el pasillo del segundo piso, conversando con Roger Cornelius mientras las herramientas de Jackson tintinean con un eco metálico desde el interior de su baño. La cercanía del psicólogo le produce un alivio ambiguo; aunque agradece las palabras pausadas y el tono analítico del hombre, Nick nota que la fijeza con la que Roger estudia sus movimientos denota una ligera inquietud profesional. El terapeuta parece percibir, bajo la superficie de la cortesía del joven, una densa mezcla de confusión psicológica y ansiedad latente, un temblor invisible que Nick intenta camuflar acomodándose las patillas de los anteojos a cada minuto. A pesar de esa sutil tensión clínica, ambos se descubren cómodos en el intercambio, compartiendo una extraña familiaridad, como si las geometrías de sus vidas se hubieran cruzado en algún recodo del pasado antes de coincidir en el Hotel Romaní.

El sonido rítmico de unos pasos decididos sobre las maderas del descanso interrumpe la charla. Eliot Garden sube las escaleras con la respiración intacta y un fajo de documentos recién revisados bajo el brazo. Al ver a Nick y al psicólogo en el pasillo, el dueño del hotel detiene el paso, curveando los labios en esa sonrisa gélida y excesivamente corporativa que a Nick le revuelve el estómago.

—Buenas tardes, caballeros —saluda Garden, clavando los ojos de inmediato en Nick—. La recepcionista me ha informado que el personal de mantenimiento está aquí arriba. Necesito a Jackson para un asunto de absoluta prioridad.

—Está adentro, señor Garden. Revisando el calefón del baño —responde Nick, dando un paso imperceptible hacia atrás, buscando la cercanía protectora de Roger.

Garden agradece la información con un asentimiento rígido y avanza hacia la puerta entreabierta del departamento 35. Nick y Roger lo siguen con la mirada desde el corredor. A través del umbral, se escucha la voz imperiosa del dueño resonando contra los azulejos del baño:

—Déjalo ya, Jackson. Hay algo mucho más urgente que necesito que hagas de inmediato en este piso.

Jackson baja la llave inglesa con una lentitud que delata su frustración interna. Nick alcanza a ver el perfil del empleado desde el pasillo; las facciones del hombre se tensan y es evidente que las advertencias recientes de Roger —“No dejes que Garden te trate como a un objeto de su propiedad”— le están resonando en la cabeza en este mismo instante. Sin embargo, el miedo acumulado durante años de subordinación pesa más que el orgullo. Jackson guarda silencio, baja la cabeza y se limita a obedecer la jerarquía del uniforme.

—Vamos a instalar un espejo especial en este departamento —ordena Garden, señalando la pared principal de la sala de Nick.

—¿Un espejo? ¿Por qué precisamente aquí, señor? —se atreve a preguntar Jackson, arrugando el entrecejo con extrañeza.

Garden lo corta con una mirada de una severidad aplastante, una fijeza que Nick reconoce a la perfección.

—Porque es mi decisión y el edificio es mío. No te pago para que hagas preguntas, Jackson. Solo hazlo ahora mismo si tienes intenciones de conservar tu empleo para el final del día.

El empleado de mantenimiento, sintiéndose atrapado en un callejón sin salida, sale del departamento con los hombros hundidos, cruzándose con Nick en el pasillo sin sostenerle la mirada. Nick experimenta una punzada de incomodidad; no entiende por qué el dueño del hotel insiste en decorar su sala de forma tan imprevista, pero la presencia dominante de Garden en el interior de su nuevo hogar le impide protestar.

Media hora más tarde, el crujido de la madera anuncia el regreso de Jackson. Sube los escalones con un esfuerzo físico descomunal, cargando sobre la espalda un objeto de proporciones monumentales, cubierto a medias por una manta de arpillera gris y polvorienta. Nick observa el proceso desde la puerta de su sala. Cuando Jackson retira la tela, el objeto se revela en toda su extrañeza: es un espejo de cuerpo entero, encuadrado en un marco de madera oscura y maciza, tallado con relieves geométricos que simulan espirales concéntricas. La superficie del vidrio tiene un brillo plomizo, un azogue denso que parece absorber la luz mortecina del pasillo en lugar de reflejarla.

A Nick le recorre un escalofrío inexplicable por la nuca al mirar ese cristal; hay algo profundamente incorrecto en la profundidad de su superficie, una distorsión óptica imperceptible que le genera un ligero mareo. Jackson empuja el marco hacia el interior de la sala, con las manos temblorosas por el peso y el recelo, mientras Garden vigila cada centímetro del proceso con una expresión calculadora, casi matemática.

—Ponlo justo ahí, en el centro exacto de esa pared —indica Garden, apuntando al tabique que divide la sala del dormitorio de Nick.

—Señor Garden… ¿está completamente seguro de esto? Este espejo lleva años tirado en el fondo del sótano y la gente del servicio dice que… —Jackson interrumpe la frase, tragando saliva al notar cómo los ojos de su jefe se estrechan.

—Hazlo de una vez —sentencia Garden con un hilo de voz helado.

Sin más opciones, el operario clava los soportes de hierro en la mampostería y cuelga la estructura con un golpe seco. Una vez terminada la tarea, Jackson recoge sus herramientas a toda prisa y abandona el departamento 35 sin pronunciar una sola palabra, huyendo del ambiente enrarecido que ha quedado suspendido entre las cuatro paredes. Garden se toma unos segundos para examinar la instalación. Contempla el espejo con una fijeza obsesiva, ignorando por completo la presencia de Nick en el umbral. El reflejo del dueño del hotel le devuelve una imagen extrañamente alterada por el grosor del vidrio; por un milisegundo, a Nick le parece ver que la sombra de los ojos de Garden en el espejo no coincide de forma exacta con la inclinación de su cabeza real. El hombre sonríe de manera casi imperceptible, murmura una frase incomprensible entre dientes y sale al pasillo, despidiéndose del joven con una cortesía vacía.

Nick aguarda a que los pasos de Garden se pierdan en el piso inferior antes de cerrar la puerta con doble vuelta de llave. El día ha sido una sucesión extenuante de escándalos ajenos y presiones psicológicas. Se asoma por la ventana para comprobar que el patio interno está en silencio y regresa al centro de la sala. Evita mirar el nuevo adorno de la pared, apaga las luces principales y se retira a su dormitorio, buscando el refugio del sueño para acallar la ansiedad que le oprime el pecho.

Al día siguiente, Nick se despierta temprano, con el cuerpo entumecido por el frío del amanecer. Todavía se encuentra en ese proceso incómodo de adaptación a los ruidos subterráneos y las tuberías que crujen en las entrañas del Hotel Romaní. Camina descalzo hacia la cocina para calentar agua, pero al cruzar el espacio de la sala, el enorme espejo colgado en la pared lateral capta su atención de forma magnética, deteniendo sus pasos en seco.

—¿Esto… realmente estaba aquí ayer con esta luz? —se pregunta Nick en un susurro, sintiendo que la voz se le disuelve en la penumbra de la mañana.

Se aproxima al cristal con lentitud, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de la superficie plomiza. Su propio reflejo está allí, devolviéndole la mirada tras los anteojos. Sin embargo, a medida que sus ojos se acostumbran a la claridad grisácea que entra por el ventanal, Nick nota que algo en la imagen no parece pertenecerle del todo. Hay un matiz ajeno en la caída de sus hombros, una sombra excesivamente densa en las cuencas de sus ojos y la comisura de sus labios dibuja una fijeza rígida, una simetría demasiado perfecta y artificial para ser el resultado espontáneo de sus propios músculos faciales.

El joven sacude la cabeza con fuerza, frotándose los párpados con las manos para espantar la fijeza de la impresión.

—Es solo el cansancio… sigo agotado por la mudanza de ayer —se dice a sí mismo en voz alta, buscando en la lógica cotidiana un escudo contra la inquietud. Da la vuelta y se encierra en el baño para arrojarse agua fría en el rostro, intentando despejar las telarañas de la mente.

Minutos después, Nick regresa a la sala, determinado a ignorar el objeto. Pero la curiosidad, o quizás un impulso atávico que no puede controlar, lo obliga a situarse nuevamente frente al marco de madera tallada. Examina su imagen con minuciosidad clínica, conteniendo el aliento. Levanta la mano derecha para acomodarse los anteojos.

El pulso de Nick se detiene por completo: en el fondo del azogue, el reflejo ejecuta el mismo movimiento, pero con un desfase atroz, una fracción de milisegundo de retraso que estira la acción como si el vidrio tuviera su propia densidad cronológica. Nick da un paso atrás de forma violenta, perdiendo el equilibrio por un instante. Las espirales del marco de madera parecen contraerse ante sus ojos.

El joven clava la vista en el espacio vacío de la sala, con el corazón golpeándole las costillas a un ritmo frenético. La habitación está completamente sola, bañada por la luz fría del amanecer, pero por primera vez desde que cruzó las puertas del Hotel Romaní, Nick Brown experimenta la certeza absoluta y física de que hay alguien más en ese departamento, observándolo fijamente desde el otro lado de la pared.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP