El Hotel Romaní se mantiene en pie bajo la luz difusa de la tarde con la misma apariencia de siempre: elegante, señorial, un tanto aristocrático en su decadencia, envuelto de forma permanente en un silencio que no incomoda los sentidos, sino que invita de manera sutil a escuchar más allá de lo evidente. Sus paredes de piedra y caoba parecen respirar al unísono con el viento que sacude los pinos del jardín exterior.
Pero dentro de sus muros, en el tejido invisible que conecta cada habitación, alg