CAPÍTULO 8

Nick avanza por el pasillo de la planta baja con el pulso acelerado y un paso tan decidido que sus zapatos resuenan con violencia sobre las baldosas de mármol. No está dispuesto a seguir tolerando la sensación asfixiante de sentirse un prisionero de lujo dentro de su propio hogar. Al llegar al mostrador de la recepción, la empleada levanta la vista y, con una sonrisa plástica y corporativa, le informa que el señor Garden se encuentra sumamente ocupado y no está disponible para recibir visitas. Pero Nick da un golpe seco sobre la madera del mostrador, cerrando los puños.

—Es una urgencia absoluta. Dígale que es Nick Brown y que solo necesito unos minutos de su valioso tiempo —insiste, con una fijeza en los ojos que intimida a la mujer.

Tras una breve consulta interna, la recepcionista le permite el ingreso. Nick empuja la pesada puerta de roble y entra al despacho. Eliot Garden permanece de pie frente al gran ventanal arqueado que da al patio interno, con las manos entrelazadas a la espalda, como si hubiera estado anticipando su llegada desde el primer crujido de las maderas del pasillo.

—¿Qué es lo que sucede, Nick? Te noto alterado —pregunta Garden, girándose con una lentitud coreografiada y una expresión de serenidad absoluta que a Nick le resulta ofensiva.

—Quiero que me diga la verdad ahora mismo, sin rodeos comerciales. Ese enorme espejo que hizo colgar en mi sala… ¿qué demonios es?

Garden no altera un solo músculo de su rostro. Camina con parsimonia hacia su escritorio de caoba y toma asiento, haciendo un ademán pausado con la mano para indicarle al joven que imite su acción. Nick permanece de pie, rígido.

—¿Te refieres al adorno de época que decidimos colocar en tu departamento para mejorar la estética del espacio? —indaga el dueño, entornando los ojos.

—Sí, exactamente ese —responde Nick, dando un paso hacia el escritorio—. Desde el maldito momento en que lo instalaron, no he podido conciliar el sueño. Todo el ambiente de la sala está mal, la densidad del aire cambia… Y no me mire como si estuviera perdiendo la cabeza; sé perfectamente lo que vi anoche en el cristal. Vi una huella.

Garden guarda un silencio espeso, evaluando la resistencia psicológica del muchacho. Su mirada se desvía apenas un milímetro hacia una carpeta de registros que descansa sobre la mesa, donde Nick alcanza a vislumbrar el listado de huéspedes antes de que el hombre la cubra con una mano.

—Hay ciertas dinámicas y frecuencias en este hotel que no todos los huéspedes logran percibir, Nick —explica Garden con una voz sospechosamente paternal—. Pero tú… tú eres un joven con una sensibilidad especial. Quizá sea precisamente por eso que estás experimentando fenómenos que otros simplemente deciden ignorar.

—¿Y por qué ponerlo justamente en mi habitación si es tan especial? ¿Qué buscan?

—Para observar. Para entender los procesos de adaptación —responde Garden, sosteniéndole la mirada con una frialdad analítica—. A veces, Nick, la única forma real de enfrentar nuestros temores más profundos es verlos proyectados y reflejados ante nosotros.

Nick lo contempla, sintiendo una oleada de incredulidad y rabia contenida.

—¿Está jugando conmigo? ¿Esto es un maldito experimento psicológico de su compañía?

—En absoluto, Nick. Pero si el objeto te causa tanto temor, eres completamente libre de cubrir la superficie con una manta por un tiempo. Aunque te advierto algo como un consejo de amigo: a veces, cuanto más intentamos ocultar o tapar una realidad, más fuerza y densidad toma del otro lado.

Nick da la vuelta y abandona el despacho dando un portazo, sin molestarse en despedirse. Mientras camina a paso ciego hacia las escaleras, intuye que las respuestas de Garden ocultan un entramado mucho más oscuro del que su mente es capaz de asimilar.

Decidido a seguir su propio instinto de preservación, Nick actúa esa misma noche. Toma una manta de lana gruesa y oscura del armario y la despliega sobre el espejo de la sala, asegurándose con cinta y clavijas de que no quede expuesto ni un solo milímetro del azogue plomizo. El marco de madera tallada queda sepultado bajo el tejido, transformado en una silueta amorfa contra el tabique.

Dormir, sin embargo, resulta una tarea aún más difícil que las noches anteriores.

El sueño lo atrapa como una red húmeda. Se ve a sí mismo caminando por la sala de su departamento en una penumbra azulada, pero a medida que se aproxima a la pared principal, descubre que la manta ha desaparecido. Al otro lado del cristal, una versión idéntica de su propia persona lo observa fijamente. Pero no es una réplica exacta: ese otro Nick viste prendas que él no posee y exhibe una sonrisa tranquila, perfectamente simétrica pero completamente vacía de calor humano, una mueca de maniquí. El reflejo mueve los labios, hablándole desde la profundidad del vidrio, pero Nick es incapaz de procesar el sonido de las palabras; solo experimenta una vibración magnética en los oídos, un eco sordo que lo llama, exigiéndole que estire la mano para tocar la superficie.

Se despierta de golpe, con la respiración entrecortada y el cuerpo empapado en un sudor frío. Enciende la luz de la mesita de noche de un manotazo y corre hacia la sala. La manta gruesa sigue intacta en su sitio, cubriendo el marco. Sin embargo, el ambiente del departamento está helado, con una temperatura tan baja que su propio aliento genera una leve neblina grisácea en el aire. Es como si una presencia invisible y congelada hubiera emergido del azogue y recorrido el espacio de su dormitorio mientras él dormía.

Horas más tarde, Nick se arrastra hacia el comedor comunitario para desayunar, con los ojos inyectados en sangre y las manos trémulas alrededor de la taza. Roger Cornelius se desliza en la silla contigua, estudiándole las facciones con preocupación clínica.

—No tienes buen semblante hoy, Nick —comenta el psicólogo con suavidad—. Las ojeras te llegan a las mejillas.

—No estoy durmiendo bien… eso es todo. El departamento es ruidoso —responde Nick, omitiendo los detalles del espejo por temor a ser recluido en un psiquiátrico.

Roger le ofrece una sesión privada por la tarde en su consultorio improvisado del primer piso para hablar con calma. Nick acepta con un leve movimiento de cabeza. Ya no sabe en quién confiar dentro de los límites del Hotel Romaní, pero la presión interna es tal que siente que estallará si no comparte la carga con alguien.

La sesión en el consultorio de Roger es breve pero de una intensidad asfixiante. Nick cuida meticulosamente sus palabras; no menciona el espejo de cuerpo entero ni las huellas dactilares, pero utiliza la metáfora de “una sombra corpórea” que habita en los ángulos muertos de su habitación y lo vigila durante las noches. Roger, aunque visiblemente intrigado por la precisión del delirio, decide no presionar las barreras defensivas del joven. Abre su maletín, extrae un cuaderno de t***s negras y se lo entrega.

—Te sugiero que comiences a anotar cada una de las sensaciones que experimentas, Nick. Los sueños, los detalles de esa sombra, lo que te perturba antes de dormir. A veces, volcar el horror en hojas sueltas ayuda a la mente a externalizar el conflicto y restarle poder a la obsesión.

Esa misma noche, Nick se sienta a la mesa de la sala con el cuaderno abierto bajo la luz dirigida de un velador. Comienza a escribir. Al principio son solo frases inconexas, descripciones de su fatiga y del frío del cuarto. Pero a los pocos minutos, su lapicera empieza a moverse con una velocidad autónoma, casi febril. Sin darse cuenta, Nick se descubre describiendo su pesadilla recurrente con una minuciosidad de detalles que no recordaba haber almacenado de forma consciente: transcribe palabras exactas en un idioma antiguo que su reflejo le decía, detalla pasillos subterráneos del hotel que jamás ha visitado y escribe nombres de huéspedes que nunca ha leído en los registros del lobby.

Cuando la mano le acalambra y detiene el trazo, nota con horror que ha llenado tres páginas completas con una caligrafía ajena, mucho más angulosa y firme que la suya. Su mano tiembla tanto que la lapicera rueda por la mesa.

—¿De dónde demonios ha salido todo esto? —susurra, sintiendo que la locura le roza la nuca.

Se levanta de la silla de un impulso, poseído por una mezcla de rabia y desesperación. Camina hacia el espejo oculto. Necesita comprobar la realidad del vidrio. Agarra el borde de la manta gruesa y, de un tirón violento, la arranca de la pared, dejándola caer sobre el suelo.

El espejo está ahí, reflejando el desorden de la sala bajo la luz parpadeante del velador. Su imagen aparece en el fondo del azogue, estática, vistiendo su ropa, sosteniéndole la mirada con los anteojos levemente desviados. Todo parece haber regresado a la normalidad física. Nick suelta un suspiro de alivio y se dispone a dar la vuelta para recoger la manta.

Justo en ese milisegundo previo al giro, su propio reflejo en el espejo le guiña un ojo izquierdo con una precisión mecánica y maliciosa.

Nick se queda completamente paralizado en medio de la sala, con las piernas convertidas en piedra y el aire congelado en los pulmones. El reflejo del espejo ya no parpadea; mantiene los ojos abiertos, fijos en él, con esa sonrisa tranquila y vacía que vio en sus pesadillas.

El timbre del teléfono de la pared truena en el silencio del departamento, haciéndolo saltar. Nick camina hacia el aparato como un autómata y levanta el tubo con dedos torpes.

—¿Hola? —alcanza a articular con un hilo de voz.

—Señor Brown, disculpe la molestia a estas horas —dice la voz de la recepcionista desde la planta baja, sonando extrañamente distante—. Hay un grupo de personas buscándolo en el vestíbulo principal. Dicen que es un asunto de absoluta urgencia.

Nick cuelga el receptor sin emitir respuesta alguna, dejando que el tubo quede colgando del cable metálico. Se gira lentamente hacia el centro de la sala, ignorando la llamada del vestíbulo.

Clava los ojos en la pared. Al otro lado del cristal, su reflejo ha dejado caer los brazos a lo largo del cuerpo y ha comenzado a caminar hacia el fondo del pasillo reflejado, dándole la espalda por completo.

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