Mundo ficciónIniciar sesiónNick intenta concentrarse en la tarea mundana de ordenar las pocas prendas que aún quedan fuera del ropero, pero le resulta una labor imposible. Sus ojos, gobernados por un imán invisible, regresan una y otra vez hacia la pared de la sala donde el enorme marco de madera oscura custodia el cristal plomizo. Hay algo en ese objeto que altera la física de la habitación de un modo sutil pero intolerable. Cada vez que se aproxima a un radio de dos metros del espejo, Nick experimenta una leve pero constante presión en el centro del pecho, una opresión física similar a la de un cambio brusco de altitud, como si el aire alrededor del vidrio se volviera espeso, rancio y difícil de arrastrar hacia los pulmones.
Superado por la incomodidad, arroja una de las camisas sobre la cama, decidido a ignorar la anomalía geométrica. Necesita aire. Sale de su departamento a paso rápido y comienza a caminar por los pasillos alfombrados del hotel con la única intención de despejar la mente y convencerse de que todo es producto del estrés de la mudanza. En el descanso del primer piso, el destino lo cruza con Roger Cornelius, quien desciende con un libro bajo el brazo.
—¿Todo bien, Nick? —pregunta el psicólogo, deteniéndose de inmediato al notar la rigidez de su mandíbula y la expresión confusa que le ensombrece la mirada.
—Sí… sí, todo bien. Solo necesitaba salir un poco a caminar, el departamento se sentía algo claustrofóbico —miente Nick, forzando una sonrisa que no convence al terapeuta.
Roger, detectando la necesidad de contención del joven, lo invita a tomar un café en el pequeño bar de la planta baja. Sentados en una de las mesas del rincón, bajo el zumbido mortecino de las lámparas, conversan largamente sobre las complejidades de la vida, el impacto psicológico del cambio drástico de ambiente y las extrañas sensaciones de desamparo que suelen aparecer cuando uno intenta empezar de nuevo desde cero. Nick experimenta un alivio profundo, casi físico, al descubrirse hablando con alguien capaz de escuchar la arquitectura de sus miedos sin emitir un solo juicio de valor.
—A veces lo desconocido nos prueba de maneras que no esperamos en absoluto, muchacho —comenta Roger, removiendo el café con la cuchara—. Pero eso no significa necesariamente que debamos temer al cambio. La mente suele proyectar sus propios fantasmas en los espacios nuevos.
Nick asiente con la cabeza, queriendo aferrarse a la explicación racional del profesional. Sin embargo, mientras apura el último trago de la taza, es incapaz de extirpar de su mente la imagen fija de su propio reflejo desfasado. Algo muy profundo en su instinto le advierte que el verdadero misterio del Hotel Romaní no es una proyección de su mente, y que la pesadilla apenas ha comenzado a desplegar sus líneas.
Aquella misma noche, Nick regresa temprano al departamento 35. Cierra la puerta con cuidado, asegurando el cerrojo de bronce con un giro lento para no romper el silencio del pasillo. Se cambia de ropa en la penumbra, se lava la cara en el baño y, al salir para dirigirse al dormitorio, se ve obligado a pasar nuevamente frente al espejo de la sala. El pulso se le acelera en un instante. Un escalofrío nítido, como una gota de agua helada, le recorre toda la espina dorsal.
Su reflejo no lo está imitando en tiempo real.
Por espacio de un segundo completo —un fragmento de tiempo suspendido e incuestionable— su imagen en el cristal se mueve con un leve pero evidente retraso cronológico. El Nick del espejo no habla, no emite gestos grotescos ni altera la forma de su rostro, pero la demora en la réplica es tan real que el joven siente un vuelco violento en el estómago. Da un paso atrás, apartándose del ángulo de visión del cristal, con el corazón golpeándole las costillas con una fuerza brutal.
—No puede ser… esto no es posible —susurra en la oscuridad de la sala, mirándose las manos temblorosas.
La primera idea que le cruza la mente es buscar una manta vieja para cubrir la superficie plomiza, pero un miedo atávico le impide volver a aproximarse al marco de madera tallada. Prefiere huir. Se refugia en el dormitorio, se recuesta en la cama y se tapa con las mantas hasta la altura del pecho, manteniendo los ojos fijos en el techo en medio de la negrura. Es inútil. Incluso con la puerta del cuarto entornada y las luces completamente apagadas, Nick siente la presencia magnética del objeto en la habitación contigua. El espejo, aunque sumido en un silencio sepulcral, parece observarlo a través de la distancia, extendiendo hilos invisibles hacia su cama.
Durante los tres días siguientes, Nick implementa una estrategia de pura evasión. Intenta mantenerse ocupado durante cada hora del día para no tener que regresar al departamento antes de que caiga el sol. Camina sin rumbo fijo por los salones del hotel, se presenta formalmente ante los pocos huéspedes fijos que lee en el vestíbulo e incluso se ofrece ante los empleados de limpieza para colaborar en pequeñas tareas cotidianas de ordenamiento. Necesita desesperadamente sentirse útil, arraigarse a una rutina normal que le demuestre que el mundo exterior sigue respondiendo a las leyes de la lógica.
Sin embargo, cada vez que la fatiga lo obliga a regresar al segundo piso, el espejo lo aguarda en el mismo sitio. Silencioso. Intacto. Inquietante.
La ruptura definitiva ocurre el jueves por la madrugada. Mientras Nick duerme un sueño agitado y denso, un golpe seco, nítido y metálico lo despierta de golpe. Se incorpora en el colchón de inmediato, con la respiración cortada y la frente perlada de sudor. Enciende la lámpara de la mesa de luz con un manotazo torpe. El sonido ha provenido inequívocamente de la sala.
El espejo.
Se levanta de la cama con una cautela extrema, cuidando de no hacer ruido con las plantas de los pies sobre el piso de madera. Se asoma a la sala. A primera vista, la estructura de madera oscura permanece idéntica en su posición central. Pero al aproximarse paso a paso, venciendo la densidad del aire que vuelve a oprimirle el pecho, Nick nota un detalle que le congela la sangre: en la superficie perfecta del vidrio, justo a la altura de su propio pecho, hay una marca grasienta. Es una huella dactilar humana perfectamente definida.
Una huella presionada contra el azogue desde el lado de adentro.
Nick retrocede lentamente, cubriéndose la boca para no gritar, mientras el corazón amenaza con saltarle del pecho. Ya no hay margen para las teorías de Roger sobre el cansancio o el estrés de la mudanza; aquello no es producto de su imaginación. Algo o alguien está intentando abrirse paso desde la profundidad del cristal, o tal vez, peor aún, ya ha encontrado la forma de cruzar la frontera hacia su realidad.
Con la primera luz gris del amanecer, Nick desciende las escaleras hacia la planta baja, decidido a confrontar a Eliot Garden. No puede seguir tolerando los secretos del hotel ni la instalación forzada de ese objeto maldito en su casa. Al llegar al pasillo que conduce al despacho privado, nota que la luz se filtra por la rendija inferior de la puerta de madera. Se acerca con pasos felinos, dispuesto a golpear, pero el sonido de la voz de Garden al teléfono lo hace detenerse en seco, pegando la oreja a la madera labrada.
—Sí… el proceso marcha exactamente de la forma en que lo planeamos en el contrato —dice la voz de Garden, aunque Nick detecta un tono plano, carente de cualquier entusiasmo comercial—. El muchacho ya está reaccionando a los primeros estímulos del cristal.
A través de la densidad de la puerta, se escucha el eco metálico del auricular devolviendo la respuesta de Rem, cuyo tono ejecutivo se filtra con nitidez:
—Perfecto, Eliot. Solo mantén la cabeza fría y recuerda la regla principal: no vayas a forzar la situación bajo ninguna circunstancia. Nick tiene que terminar cruzando esa línea por su propia voluntad, de lo contrario el reflejo no se fijará.
Garden suelta un suspiro pesado que vibra contra la madera antes de responder:
—Todo está bajo control, Rem. Descuida.
Nick da tres pasos hacia atrás en el pasillo, con la respiración suspendida y las manos heladas. La confirmación de que su propia cordura es el objeto de un experimento planificado por los dueños del hotel le aclara el panorama con una violencia aterradora. Da la vuelta en silencio y regresa hacia las escaleras, consciente de que ya no puede confiar en nadie dentro de los muros del Romaní, y de que se encuentra atrapado exactamente en el centro geométrico de sus secretos.







