17. Encuentro furtivo
Emilia Díaz
Quería que ese beso no terminara nunca.
Quería quedarme allí, suspendida en ese instante, con sus labios fundidos en los míos, con su aliento compartido, con la certeza de que, al fin, era real.
Álvaro estaba aquí.
Cerré los ojos con fuerza, como si temiera que, al abrirlos, todo se desvaneciera… como si fuera un sueño cruel del que no quería despertar.
—Álvaro… —susurré su nombre entre sus labios, aferrándome a él como si fuera lo único que me anclara al mundo.
—Estoy aquí —susurró