41. Promesa
Emilia Díaz
Toqué con los dedos el encaje de mi vestido. El silencio de la habitación era casi sagrado, roto solo por el latido ansioso de mi corazón. Mi reflejo en el espejo me devolvía la imagen de una mujer distinta, más esperanzada.
Entonces, la puerta se abrió con suavidad. Me giré, y ahí estaba él.
—Álvaro ya está esperando en el altar —dijo mi papá con una sonrisa orgullosa y una mirada que intentaba ocultar la emoción.
Me acerqué a él sin pensarlo. Lo abracé con fuerza, como cuando era