18. A la fuerza
Emilia Díaz
Escuchamos el sonido de un auto estacionándose frente a la mansión, justo bajo la ventana abierta. El rugido familiar del motor me atravesó como un rayo. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: me puse de pie de golpe y me asomé con manos temblorosas.
—No… —susurré apenas, sintiendo que el corazón se me caía al suelo.
Era Esteban. Venía subiendo las escaleras del pórtico. Mi pecho subía y bajaba con fuerza. Me giré, con los ojos muy abiertos, buscando a Álvaro…
Él ya estaba de pie,