092. El Sabor de la Carnada
El beso en la oscuridad de la sierra fue una combustión espontánea, una tregua firmada con los labios en medio de la adrenalina de la misión cumplida. Cuando se separaron, jadeando, el aire entre ellos estaba cargado con la electricidad de lo que acababan de hacer. Habían cruzado otra línea, y ambos lo sabían.
—La próxima vez que se te ocurra una idea tan estúpidamente suicida, la vetaré —dijo Florencio, la voz ronca, aunque sus manos aún la sujetaban por la cintura, negándose a soltarla.
—No