093. Un Juego para Despertar el Hambre
La desesperación era un veneno que, en dosis suficientes, se convertía en un narcótico. Mar ya no sentía miedo. No sentía culpa. Sentía un vacío inmenso, un hambre que le roía las entrañas. Un hambre de poder. De cambio. De renacer en una piel que no fuera la suya, esa piel humana, frágil y patéticamente débil. La voz de Elio, silenciada en sus sueños era peor que cualquier amenaza. Era abandono.
«Si los dioses no responden, los forzaré a hacerlo».
El frío de la Laguna Luna despertó algo en su