ucia
El vestíbulo está bañado en una luz ocre, atenuada por las persianas enrolladas a medias. El suelo de piedra devuelve una frescura benéfica bajo mis sandalias. Una brisa ligera agita las cortinas blancas, como susurros silenciosos que escapan de las paredes.
No he dicho una palabra durante el trayecto. Él tampoco. No es necesario. El silencio entre nosotros ha cambiado de naturaleza: ya no es vacío, está saturado. De imágenes, de gestos suspendidos, de ese beso que aún siento como una asti