ucia
El vestíbulo está bañado en una luz ocre, atenuada por las persianas enrolladas a medias. El suelo de piedra devuelve una frescura benéfica bajo mis sandalias. Una brisa ligera agita las cortinas blancas, como susurros silenciosos que escapan de las paredes.
No he dicho una palabra durante el trayecto. Él tampoco. No es necesario. El silencio entre nosotros ha cambiado de naturaleza: ya no es vacío, está saturado. De imágenes, de gestos suspendidos, de ese beso que aún siento como una astilla en mi piel.
La recepcionista nos entrega las llaves con una sonrisa profesional. Una sola llave.
Habitación 212.
No pregunto. No quiero saber si estaba previsto así o si es un error. Porque en algún lugar, creo que estoy de acuerdo. Aunque aún no sé para qué.
**Mathieu**
Ella sube sin hacer preguntas. Sube los escalones lentamente, y yo me quedo atrás. No para vigilarla, sino para observar esa manera que tiene de no volver la vista. Como si mirarme le daría un poder que, por el momento, rech